Tu Radiografía
- Alfonso De La Cruz Martinez

- 30 mar 2025
- 2 min de lectura
Vivimos en una época que presume libertad, pero en el fondo parece estar llena de miedo. Miedo a amar, a entregarse, a mostrarse vulnerable. Bajo el pretexto de que somos más autónomos y conscientes, muchas veces solo escondemos una profunda falta de amor propio, disfrazada de desapego o madurez emocional. Nos repetimos que no queremos depender de nadie, que es mejor fluir, no aferrarse, no complicarse la vida. Pero en esa aparente sabiduría habita también una renuncia anticipada al encuentro real con el otro.
Zygmunt Bauman lo explicó con crudeza: las relaciones humanas hoy se han vuelto líquidas, inestables, temporales. Se busca conexión, sí, pero una que no implique riesgo ni profundidad. Nos aferramos a la idea de que todo vínculo debe ser reversible, que podemos y debemos irnos en cualquier momento si algo no nos satisface de inmediato. El amor, la amistad, incluso la familia, pasan por el mismo tamiz: ¿qué me da esto? ¿me aporta? ¿me hace feliz ahora? Si la respuesta es no, adiós. Sin duelo, sin conversación, sin reconstrucción.
Pero este modelo relacional, que se presenta como empoderado, muchas veces nace de un vacío interior. Cuando no hay amor propio real, no esa autoestima inflada que se vende en redes, sino un sentido profundo de valía, lo que buscamos no son relaciones, sino distracciones. Por eso proliferan los vínculos breves, las conversaciones que no llegan a ninguna parte, las preguntas sin respuesta. Porque si no estoy bien conmigo, si no me soporto en el silencio, si no me entiendo, ¿cómo voy a tolerar la complejidad del otro? ¿Cómo voy a sostener una relación que me obligue a mirar mis sombras, a ceder, a crecer?
La falta de amor propio nos vuelve cobardes del afecto. Preferimos un mensaje bonito por la noche que una charla incómoda en la mañana. Elegimos relaciones sin nombre antes que compromisos con historia. Nos acostumbramos a que nadie se quede, porque tampoco sabemos quedarnos con nosotros mismos. Entonces repetimos el ciclo: nos conectamos, nos ilusionamos, huimos. Y lo llamamos libertad, aunque por dentro estemos deseando que, por una vez, alguien se quede.
No se trata de idealizar el pasado ni de volver a vínculos rígidos. Pero sí de reconocer que el desapego mal entendido, la liquidez total, no es sinónimo de salud emocional. A veces es solo una forma elegante de evitar la intimidad. Y tal vez, el primer paso para salir de ese bucle no sea buscar mejores relaciones, sino empezar a ser uno más honesto con nosotros mismos. Amarse de verdad, sin slogans, tal vez sea la única forma de volver a construir vínculos que no se evaporen en el primer viento.




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