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Gente de Estado

  • Foto del escritor: Alfonso De La Cruz Martinez
    Alfonso De La Cruz Martinez
  • 4 nov 2025
  • 2 min de lectura

En otro tiempo, la expresión “gente de Estado” evocaba a hombres y mujeres que pensaban más allá de su partido, de su beneficio personal o de la inmediatez del aplauso. Eran los que entendían que gobernar no era solo administrar recursos o ganar elecciones, sino custodiar un proyecto común de nación. Ser gente de Estado implicaba tener una mirada de largo plazo, asumir responsabilidades éticas y políticas con el futuro colectivo, incluso cuando esas decisiones no resultaban populares.


Hoy, ese tipo de liderazgo parece en peligro de extinción. En casi todos los rincones del mundo, desde América Latina hasta Europa, pasando por Estados Unidos y Asia, la política se ha convertido en un campo de batalla emocional donde lo que importa no es construir, sino derrotar. Los sentidos de Estado se han diluido en la lógica de la polarización, en la inmediatez del trending topic, en la ansiedad por acumular “likes” y fidelizar indignaciones.


La democracia atraviesa una crisis silenciosa y profunda: los ciudadanos desconfían de sus instituciones, los partidos se vacían de ideas y los gobiernos se desgastan entre discursos incendiarios y promesas imposibles. En lugar de puentes, se levantan muros; en lugar de argumentos, insultos; en lugar de deliberación, espectáculo. La razón pública, ese espacio donde el desacuerdo se convierte en diálogo, está siendo reemplazada por trincheras digitales donde solo caben los nuestros.


Y sin embargo, las democracias necesitan desesperadamente de gente de Estado. No de tecnócratas fríos ni de populistas ruidosos, sino de dirigentes capaces de reconocer que el poder tiene límites, que las instituciones importan, y que la legitimidad no se mide en encuestas sino en resultados para todos. Necesitamos voces que piensen más allá del próximo ciclo electoral, que devuelvan sentido a la palabra “servicio público”, que comprendan que el Estado no es botín ni enemigo, sino el espacio donde una sociedad se organiza para garantizar derechos y proteger a los más vulnerables.


Recuperar ese espíritu es urgente. Sin gente de Estado, la política se reduce a una disputa tribal; la democracia se convierte en un ritual vacío; y el ciudadano, en un espectador cansado. Tal vez el primer paso sea volver a entender que gobernar no es tener razón, sino hacer posible la convivencia.

 
 
 

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