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De nada estoy orgulloso

  • Foto del escritor: Alfonso De La Cruz Martinez
    Alfonso De La Cruz Martinez
  • 27 jun
  • 3 min de lectura

Actualizado: 28 jun

No estoy orgulloso de ser quien soy. Tampoco me avergüenzo. No hubo mérito, decisión ni hazaña en ello. Simplemente nací, crecí y aprendí a reconocerme. Lo que sí me indigna es que todavía haya que convertir la existencia en una declaración política; que vivir con libertad siga pareciendo, para algunos, una provocación.


Tuve un privilegio que no todos han tenido: nací y crecí en un ágora de libertad. En una casa donde mi padre y mi madre nunca intentaron corregirme, esconderme ni convertirme en otra persona. Si alguna vez sintieron miedo, no fue por mí, sino por el mundo al que tendría que enfrentarme. Temieron, quizás, que la crueldad de los otros fuera más fuerte que la libertad que ellos habían sembrado en mí.


No se equivocaban.


El mundo puede ser cruel. La sociedad puede celebrar la diferencia en los discursos y castigarla en la vida cotidiana. Puede llenar las calles de colores un día y cerrar las puertas de sus casas al día siguiente. Puede utilizar el talento de los homosexuales para organizar sus fiestas, vestir a sus santos, adornar a sus vírgenes, diseñar sus salones, escribir sus discursos y defender sus causas; pero todavía sentirse incómoda cuando esa misma persona se sienta a su mesa, ama públicamente o exige ser tratada como igual.

Esa es una de las grandes hipocresías de nuestro tiempo: nos quieren útiles, pero no libres; talentosos, pero silenciosos; presentes, pero invisibles.


La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando quienes han disfrutado de privilegios sociales, académicos o políticos se sienten autorizados para decidir quién merece entrar a un espacio, quién tiene suficiente apellido, suficiente dinero, suficiente heterosexualidad o suficiente obediencia. Personas que han recibido oportunidades gracias a sus relaciones terminan comportándose como guardianas de una supuesta respetabilidad que ni siquiera construyeron por sí mismas.


Y entonces aparece el clasismo unido a la homofobia: esa vieja alianza entre quienes creen que una sala, una familia, una institución o un país les pertenece. Ya no basta con ser adversario político. También se convierte en motivo de desprecio la procedencia social, la manera de hablar, el cuerpo, la orientación sexual o el vínculo familiar.


Esas son las historias de esta sociedad: una sociedad que sufre, excluye, se escandaliza y luego vuelve a excluir. Una sociedad que conoce las consecuencias del odio, pero se niega a aprender. Que ha enterrado a miles por pensar distinto y, aun así, continúa fabricando enemigos. Que proclama la dignidad humana mientras establece jerarquías entre las vidas que considera respetables y aquellas que apenas tolera.

Por eso digo que de nada estoy orgulloso.


No estoy orgulloso de haber tenido que aprender a defender lo que nunca debió estar en discusión. No estoy orgulloso de que tantas personas hayan tenido que abandonar sus casas, esconder sus afectos, fingir matrimonios, fabricar vidas ajenas o pedir perdón por existir. No estoy orgulloso de una sociedad que obliga a convertir la supervivencia en heroísmo.


Pero entiendo el orgullo como una respuesta.

Es la respuesta de quienes alguna vez fueron obligados a bajar la cabeza y decidieron levantarla. De quienes fueron expulsados de sus familias y construyeron otras. De quienes escucharon que eran una vergüenza y aprendieron a pronunciar su nombre sin pedir permiso. De quienes, pese al miedo, decidieron ser.


Yo tuve una casa que me protegió. Otros no la tuvieron. Algunos siguen viviendo una vida que no sienten propia, pronunciando palabras que no desean, amando en secreto y sonriendo en fotografías donde apenas se reconocen. Otros resistieron hasta encontrar la libertad. Otros todavía la están buscando.

A ellos les pertenece esta lucha.


Yo, por mi parte, no dejaré de vivir. No reduciré mi voz para hacer más cómoda la intolerancia de nadie. No abandonaré los lugares que también me pertenecen. No aceptaré que quienes recibieron privilegios sin cuestionamientos se arroguen el derecho de juzgar la legitimidad de nuestra existencia.


No estoy orgulloso de existir.


Estoy decidido a vivir.


Y quizá, en una sociedad que todavía pretende decirnos cómo amar, dónde sentarnos y hasta dónde podemos llegar, vivir plenamente sea la forma más radical del orgullo.

 
 
 

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